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PRODUCCIONES DEL TALLER DE CRÍTICA DE CINE

Compartimos las producciones del módulo: Melodrama del taller de análisis y crítica a cargo del periodista Rolando Gallego. ¡Felicitaciones a todxs los alumnxs!

No olviden que en noviembre comienza el módulo Comedia, aún están a tiempo de inscribirse.

“Historia de una Noche”: una excepción a la regla
Por Florencia Rolón





Historia de una noche es una película estrenada en 1941 por el director argentino Luis Saslavsky, que desafío las tendencias de la época que reclamaban un cine nacional basado en la tradición.

Adaptando al cine la obra teatral de Leo Perutz "Mañana es feriado". el director, fiel a su formación y después de haber viajado por todo el mundo decidió no hacer caso al periodo clásico del cine industrial argentino eligiendo ir más allá y optando por géneros de probada popularidad en otros países como lo era el melodrama en los Estados Unidos.

Así la película de dicho director reúne las características clásicas del género, en donde aparece bien marcada la división estereotipada que se realiza de los personajes buenos y los personajes malos. Laura (Sabina Olmos) una chica ingenua y enamorada que se encuentra con Víctor (Pedro López Lagar) un hombre con el que tuvo una intensa relación amorosa, pero tiempo después le rompe el corazón cuando decide no escribirle más. Después de varios años Laura decide recomponer su vida y se casa con un hombre de negocios llamado Daniel Romero , que se encuentra al momento de la película en una situación financiera desesperada.

Con actuaciones y personajes muy logrados, Historia de una noche mantiene a todos entretenidos hasta el final donde se resuelve el conflicto de dinero que tiene Daniel en la empresa donde trabaja. El melodrama cumple su meta de conmover a los espectadores y lograr que se identifiquen con el personaje si estuviera en una situación similar, pero además demuestra al día de hoy que era posible otra forma de hacer cine que no se ajustara a los cánones de la época.


Los muchachos de antes también sufrían por amor
Crítica Historia de una noche por Vanina Suárez

En Historia de una noche (1941) el eje narrativo está parado en un triángulo amoroso que va y viene en el tiempo y en donde la mujer, si bien es víctima de un abandono, no es la pieza principal que sufre por un gran amor.

En una época donde el rol femenino siempre fue sumiso y los hombres eran fuertes y poderosos, la propuesta de Saslavsky cumple con algunos parámetros del momento pero genera una disrupción, y la figura masculina se muestra temerosa, vulnerable, débil y dispuesta a dar todo por amor. En general en el cine, y también en la sociedad de ese entonces, el hombre se muestra viril, con enormes rasgos de fortalezas, seguridad y la mujer es quien cumple el papel dubitativo y frágil. En esta propuesta esos roles son aceptados socialmente pero por debajo, como en una capa casi invisible, se puede observar esa debilidad que ambos protagonistas masculinos vivencian por el amor de Laura. Si bien Hugo y Daniel son como una dialéctica entre el bien y el mal plantean un juego similar al del ying y el yang; es decir, que el espectador observa algo bueno y algo malo. Sumado a que la reivindicación tiene un papel preponderante y decisivo en la trama.

Historia de una noche cuenta con varios puntos de giro, donde la historia transita un camino, pero luego irá por otro: pone de manifiesto el sufrimiento por amor, aparecen tragedias familiares en el presente y el pasado, y situaciones económicas que tambalean la tranquilidad personal y familiar de algunos de los personajes principales. Así mismo, existe la condensación del tiempo, utilizando el recurso de flashback para narrar viejos sucesos que nos permiten como espectadores descifrar con claridad lo que sucede en esa única noche.

Laura (Laucha), la mujer por la cual Daniel y Hugo disputan el amor, cumple con los mandatos sociales de casarse a cierta edad, no poder tomar decisiones en su casa y solo dedicarse a ciertas actividades artísticas en situaciones de beneficencia y no por simple placer y hobbie; mientras que Hugo está enmarcado en el lugar del novio de la juventud, taciturno, jugador de póker y “chanta”, y Daniel, el marido, habilidoso con la economía, buen padre, serio y responsable. Los tres roles protagónicos indican y subrayan fuertemente los estereotipos de lo que está bien y de lo que no; pero Saslavky se atreve a ir un poco (bastante) más allá e intenta romper esos prejuicios, mostrando otras vetas, poco vistas en el cine de la época como el hombre lábil, sensible que también puede sufrir por amor.


 

“Fuerza de mujer”.
Crítica de “Todo sobre mi madre”, de Pedro Almodóvar.
Por Román Graciano.




Almodóvar nos tiene acostumbrados a historias de mujeres fuertes, luchadoras y sororas. En “Todo sobre mi Madre” una de esas historias es la de Huma Rojo (Marisa Paredes), una actriz reconocida que triunfa en las tablas, pero fracasa en su vida personal. El mejor papel es el que interpreta en su vida cotidiana, donde juega a ser perfecta y feliz, pero sabe que debajo del maquillaje no existe el glamour.

A “Todo sobre mi madre” la atraviesa la historia de Manuela (Cecilia Roth), una madre que frente a una desgracia decide retroceder sobre sus pasos y volver al inicio de la historia de su hijo. Ese regreso vendrá acompañado de un revival de sentimientos intencionalmente adormecidos y se verá frente a frente con ese pasado que durante años trato de olvidar. Manuela es una mujer que parece no temerle a los cambios, decidida y lanzada recorre su camino con una entereza propia del universo almodovariano. A la historia también la integran otros personajes femeninos muy disimiles en la superficie, pero con una fuerte conexión en su lucha por salir adelante, que con sus historias de vida y personalidades irán aportando al argumento los tintes necesarios para completar el rompecabezas narrativo.

El realizador español incluye entre esos personajes pilares de su película al de Huma Rojo (Marisa Paredes), una actriz de larga trayectoria que siente que se encuentra en el tramo final de su carrera artística. A través de ella Almodóvar realiza, una vez más, un tributo a las grandes películas del cine norteamericano con las que fue creciendo. En este caso al film de Joseph L. Mankiewicz “Eva al desnudo”. Por eso no es casualidad que Huma, cuyo nombre es un homenaje a Bette Davis, sea tan similar a Margot. Dos artistas que están de regreso, que mantienen una continua lucha interna para parecer fuertes y seguras a través de un trato frio y distante con el mundo que las rodea. Apoyadas en su status de divas, logran evadir lo conflictos emocionales reprimidos, pero tienen una enorme necesidad de encontrarles un cauce. Los dos personajes se han erigido como un tótem infranqueable y a pesar de ello, encuentran en los individuos más ajenos a ellas la posibilidad de ser sinceras y auténticas.

Huma ha logrado ser lo que quiso ser, la reina de las tablas, pagándolo con el caos que fue su vida personal plagada de infelicidad e inestabilidad emocional. Buscará el consuelo y la protección en seres aparentemente más vulnerables que terminaran siendo el refugio y el consuelo donde recostarse. En ellos podrá sentirse valorada como persona y ser ella misma sin pensar en las luces y flashes que marcan su accionar en su vida profesional. Junto a ese clan de mujeres empoderadas entenderá que aún tiene revancha, que no todo está perdido y que solo depende ella cambiar el destino que sentía ya estaba marcado.


¿Por qué sintonía de amor no es lo mismo que algo para recordar?
Por Florencia Rolón

El amor romántico, la pareja heterosexual y un encuentro en el último piso del edificio Empire State son algunas de las similitudes que hay entre Algo para Recordar (1957),un clásico de Hollywood protagonizado por Cari Grant y Deborah Kerr, y su remake, Sintonía de Amor (1993), con unos contemporáneos Tom Hanks y Meg Ryan a quienes todavía podemos ver en pantalla. Aunque el argumento de ambas historias coincide en puntos importantes de la trama en la primera película que estrenó vemos solo un idilio amoroso mientras que en el segundo film se cuela en la historia la desesperada búsqueda de un niño por conseguir además de una novia para su padre una figura maternal.

‘Sintonía de Amor’ está dirigida por Nora Ephron y es un homenaje a un clásico del cine romántico como lo fue en los años 50 ‘Algo para recordar’. Annie (Meg Ryan) se obsesiona con un hombre (Tom Hanks) que ha perdido a su esposa después de escuchar a su hijo Jonah buscar una madre y compañera para su padre en la radio. Sin imaginar que pronto Annie recreara una de sus películas románticas favoritas en donde dos desconocidos deciden poner a prueba su amor en el edificio Empire State después de enamorarse en un transatlántico.

No alcanza con que Sintonía de Amor haya sido dirigida por una mujer, en este caso Ephron, ya que termina reproduciendo y reforzando un ideal de mujer afectuosa, entregada y maternal representado por el personaje de Ryan que parece ser el único atractivo para un personaje como el de Tom Hanks con un hijo que busca tener una madre. Películas como esta son el reflejo de un sistema patriarcal que pueden conducir a la mujer a identificarse con el necesario rol de madre y ama de casa pasiva, para la conveniencia de los padres.

Así, este tipo de películas dejan muy pocas opciones, tanto a sus protagonistas como a las espectadoras de género femenino, a quienes por lo general está dirigido el melodrama, ya que sólo pueden identificarse con el deseo de la maternidad y ser compañeras de vida de otro hombre, con la actitud pasiva y entregada, generalmente muda o no escuchada, de la mujer, objeto de deseo del varón.


 

“Tiempo de revancha”
Critica de “La Tregua”, de Sergio Renán y “La fuerza del cariño”, de James L. Brooks.
Por Román Graciano.




Estas dos historias comparten algo en común. Son películas de personas que buscan volver a empezar y tener el derecho a ser felices. Sin embargo, su peor obstáculo no es la gente que los rodea, sino ellos mismos con sus miedos e inseguridades.

“La tregua”, basada en el libro homónimo de Mario Benedetti, es una mirada crítica a la vida del típico hombre de mediana edad que frente a una serendipia se plantea romper con todos los esquemas autoimpuestos, vivir por y para él, a pesar de los prejuicios y las estructuras socio familiares que lo llenan de miedos e inseguridades.

Mario Santomé (Héctor Alterio) es un oficinista viudo con tres hijos que mantiene una vida ordenada y rutinaria. Sumergido en la nostalgia de los recuerdos de su gran amor, y madre de sus hijos, transita sin darse cuenta lo que pasa a su alrededor. Con un halo de melancolía a lo largo del film, los personajes que aparentan no tener rumbo, se irán sacando las capas, como una mamushka, y dejaran expuestas realidades que no querían enfrentar.

Sergio Renán utiliza a cada uno de los participantes de esta historia para materializar aspectos de nuestro protagonista y su relación con estos. Cuando Santomé dialoga con estos personajes, en realidad lo hace con el mismo, debatiendo y cuestionando sus propios pensamientos. Como si los dijera en voz alta.

Al igual que el film argentino, “La fuerza del cariño” está basado en una obra literaria. En este caso, en una de Larry McMurtry de igual nombre. Shirley MacLaine interpreta a Aurora, una mujer que enviudo muy joven y una madre sobreprotectora de su hija Emma (Debra Winger). Esta relación simbiótica se ve amenazada cuando la joven decide comenzar una vida independiente de su madre.

La construcción de la relación madre e hija está basada en la necesidad de ambas de tener una dependencia emocional y del poder de manipulación de Aurora sobre su hija, producto del miedo de volver a perder a un ser querido. Con la música, similar a programa familiar de la época, el director se apoya en ella para construir los climas, marcando el dramatismo y profundidad del discurso en cada momento. La historia se desarrolla con situaciones que presagian un final anunciado, con personajes que se niegan a asumir las consecuencias de la realidad antes los hechos evidentes, hace que luchen continuamente con ellos mismos para no romper las corazas que crearon para evitar volver a sufrir.

Algo que emparenta a estas películas es la función que cumplen los hijos, como de voz de la conciencia, de lo que no se dice, de reflejo de su pasado y del bálsamo de realidad que por momentos parecen necesitar nuestros protagonistas para poder ver claramente lo que pasa y no sumergirse en sus pensamientos sesgados. En “La tregua” sus tres hijos al ser mayores de edad y con responsabilidades, expresan una mirada más adulta de los temores del personaje de Héctor Alterio. Con ellos dialoga como un par y bajo las mismas reglas del lenguaje, el cual está cargado de vivencias, duelos y fracasos compartidos. En cambio, en “La fuerza del cariño” los más pequeños son los encargados de volver a colocar sobre la tierra a los personajes de Emma y Aurora, quienes parecieran vivir inmersas en sus conflictos emocionales y existenciales. Los chicos reflejan la inocencia perdida por la adultez y esa despreocupación por lo que vendrá que les hace falta a las dos protagonistas para poder ser felices.

Las dos películas dialogan entre sí a través de tópicos como la pérdida de un amor, las segundas oportunidades, la relación padres e hijos, y el miedo a romper las estructuras mentales que les evitan exponerse y poder estar siempre en una posición de seguridad y calma.



 

LA FUERZA DEL CARIÑO y LA TREGUA
Por Graciela Rodríguez Romano

Con una narración, montaje e iluminación clásica de la mano de James Brooks llega La fuerza del cariño, que reúne un elenco estelar para contarnos historias, fundamentalmente, de mujeres con mandatos impuestos y conflictos generacionales. En La fuerza del cariño, veremos a Aurora, la madre asfixiante, de su única hija: Emma, a lo largo de treinta años de sus vidas. Otras mujeres acompañan en esa transformación: Rosi la ama de llaves de Aurora y Patsy la amiga incondicional de Emma, quienes no son solo relleno sino que cumplen la función de ayudar al crecimiento de los personajes principales. En un vecindario a las afueras de Houston, Texas, de casas bajas, rodeadas de parques prolijamente cuidados con piscinas, y en un clima soleado y brillante transcurre la vida de Aurora. Su vestuario es glamoroso, hecho de telas voluptuosas y preferentemente de colores claros, dándole una apariencia casi etérea. La vida la llevará a Emma a Iowa, a Nebraska y finalmente a Nueva York donde descubrirá que la independencia de las mujeres no es una ilusión. Si bien dan una primera impresión de que cada una responde generacionalmente a los cánones de la época, ello se desvanece cuando nos sorprenden con actitudes más conservadoras de quien no es de esperar. El mundo masculino está representado por hombres inmaduros, ajenos a los quehaceres domésticos e insatisfechos. El hijo mayor, aunque aún pequeño, será el que observa, cuestiona y se enoja por igual con ambos padres. Brooks nos regala escenas absolutamente encantadoras pero a su vez no nos ahorra ni un minuto de tristeza. Como en todo crecimiento personal se necesita tiempo y los personajes lo tienen. En el caso de LA TREGUA, con libro de Mario Benedetti, guión de Aída Bornik y dirección de un joven Sergio Renán, con música orquestal de fondo, la película nos muestra una ciudad de Buenos Aires, en un trayecto en colectivo, desde un barrio hasta el centro porteño, en un día domingo de nuestro personaje Martín Santomé. La cartelera del cine METRO, en la marquesina promociona El Golpe. Martín camina cruza la avenida nueve de julio dobla por Suipacha pasa por la confitería Ideal y termina entrando a ver una película de J.Luc Godard. Si bien corresponde al género del melodrama, introduce temas que salvo en producciones independientes de teatro, no habían sido tratados, tan explícitamente como en este caso: la homosexualidad. Renán nos muestra en profundidad, un universo cotidiano: el del trabajo, específicamente el de la oficina. En un espacio gris, monótono, y en escritorios ubicados como en un aula de colegio primario. Alineados uno tras otro y al frente el escritorio del superior, del jefe pero que no es el dueño. Ése está en otro lado, sin contacto cotidiano, sólo para dar la última palabra, para aplicar la mano dura, ejemplificadora e inapelable como el Despido. El otro es el que controla cotidianamente, el que dice que se acabó el recreo y a veces enseña e impone reglas, el que morigera las desavenencias, con buen tino, pero porque es Santomé. En un plantel exclusivo de hombres, un día llegan a ocupar puestos una mujer: Laura y un hombre, Santini, que desde un principio pide se le asigne un escritorio en determinado lugar, por motivos de salud. Santini, es diferente, no responde a los cánones masculinos y es desaparecido en poco tiempo, víctima de la intolerancia machista. De repente un sustituto ocupa su lugar. Sin ni una explicación. La tregua es la oportunidad, es el tiempo que dura, mientras dura, para vivir intensamente. Como pueden, lo que pueden. Es el permiso para interrumpir tanta monotonía y soledad. ¿QUÉ LAS UNE? Ambas películas responden al mismo género: sus Personajes principales, seres ordinarios que viven negándose posibilidades, pueden ser padres, pero no se permiten ser mujer y hombre sexuados, plenos. Sin embargo, en la vida de estos personajes aparecen quienes pueden encarnar el amor, la esperanza, la vitalidad. Como están alertas, tarde o temprano se permiten reconocer que el amor también puede ser para ellos. Dure lo que dure.


 

HISTORIA DE UNA NOCHE
Por Graciela Rodríguez Romano


A una ciudad del interior del país, donde todo parece funcionar como es debido. Las familias bien constituidas, los hombres avocados a los negocios. Y las mujeres a recaudar fondos para hacer obras de bien. En el día que las damas de la caridad hacen un evento musical para recaudar fondos, “la Fiesta del Hospital”, allí se introduce a la protagonista Laura (Laucha), quien hace su aporte solidario cantando acompañada por la música de una pianola, llega imprevistamente un hombre del pasado: Hugo Morel. Todo se desestabiliza. Lo que se presenta afianzado pende de un hilo. Los pilares sólidos parece que se construyeron sobre arena. Una luz de alerta se enciende. Saslavsky visibiliza más el mundo masculino, quizás porque le es más afín o porque la cinematrografía del momento se orienta más hacia las heroínas femeninas y su entorno. Ellos esconden serios problemas económicos. Sin proponérselo conforman una cofradía: frecuentan los mismos sitios donde desahogar infortunios, la calle, la noche y sus vericuetos. Entre ellos se cubren, se protegen, se ayudan. Nada de eso corresponde al universo femenino, más lineal: reducido al hogar y a acompañar. Las personas queridas y las indeseables llegan en el tren apenas pasada la media noche. El engaño acomoda y desacomoda. Los personajes fingen sentimientos, ocultan, prefieren la duda y no les interesa aclarar los malos entendidos. Ejemplo de ello es Morel a quien ya no le importa lo que se diga de él. Ni quedar bien, si pasó o no por la tumba de su madre. Otros temen a la verdad. El director utiliza el recurso de la exageración en las actuaciones con el fin de dar más dramatismo a la historia. Al principio resultan tan ficticias que distraen más que lo que contribuyen a introducirnos en las historias de los personajes. Promediando la película, no sé si éstas se atenúan o uno se acostumbra a ellas. Oportuno resulta en recurso del flashback para contarnos una parte del pasado para justificar ciertas acciones del presente de los personajes. Todas las expectativas están en descubrir junto a Laucha si sigue o no atada al pasado. Tendrá que descubrirlo en un cara a cara, y en medio de un peligro inminente. ¿Estará condenada a vivir engañada? ¿Será lo conveniente?



 

“Los muchachos no lloran”.
Crítica de “Historia de una noche”, de Luis Saslavsky.
Por Román Graciano.


Durante mucho tiempo demostrar sentimientos no era considerada cosa de hombres, en “historia de una noche” los personajes masculinos trataran de cuidar las apariencias, los sentimientos, la doble moral y de ocultar la verdad a cualquier precio.

Hugo, un muchacho que vuelve a su pueblo natal luego un tiempo, se reencontrara con fantasmas del pasado y con Laura, un viejo amor que se casó con Daniel, quien siempre sintió celos de su relación. El regreso temporal del hijo prodigo será el catalizador para que resurjan viejos sentimientos y pondrá en peligro la vida “perfecta” de Daniel, que ve en Hugo el pasado que quiere ocultar. Este triángulo amoroso, en el que sobresalen los conflictos financieros más que los sentimentales, a través de flashback nos contara de donde viene cada uno y quienes son realmente.

La narración de los hechos es conducida por los protagonistas masculinos y la mujer queda relegada a un segundo plano, cumpliendo la función de trofeo y representación de la pureza e inocencia. Sin embargo, la figura de la madre de Laura marca el esquema de una familia matriarcal, la cual decide los destinos y acciones de todos los integrantes de la casa, especialmente los de su hija que respira y actúa bajo su yugo. Esta figura secundaria en los roles, toma relevancia en los momentos que se muestran debilidades, queriendo ser la voz de la autoridad moral y lo que deben ser buenas costumbres.

La doble moral se hace presente en Daniel, que se jacta de su honestidad y rectitud pero que apela a su pasado licencioso cuando se encuentra en una encrucijada contrarreloj que podría derrumbar su fachada de marido y ciudadano ejemplar.

Como en los clásicos melodramas el toque religioso está presente, en este caso en la figura paterna que oficia de cura confesor y vocero para anunciar el inicio del conflicto financiero y el portavoz de la solución (como quien trae la buena nueva).

A lo largo del film se muestra que el dinero es tema de hombres por su obligación de ser el macho alfa proveedor. Daniel cumple este rol al tener un importante cargo en una empresa de seguros, que lo obliga a manejar grandes sumas de dinero y es por estos motivos quien lleva las finanzas de la casa y evitar que sea un tema de preocupación para de Laura. Los sentimientos y las debilidades solo pueden expresarlas entre pares y solo en ese ámbito está permitido ser uno mismo, como si existiera un código de hermandad de género. También la película refleja que las apariencias parecen ser más importantes que la verdad cuando está en riesgo aquello que tanto se añoro y costo conseguir.


“El amor tiene cara de mujer”.
Crítica de “Algo para recordar” y “Sintonía de amor”.
Por Román Graciano.

Los personajes principales de “Algo para recordar” y “Sintonía de amor “son motivados por una necesidad de cambios y un deber, quieren y buscan el amor a manera de solución más que como sentimiento. Ambos proyectos reflejan una mirada masculina del amor, en la que la mujer está al servicio del mismo.

En “Algo para recordar” el personaje masculino es el objeto de deseo de todas las mujeres, el hombre inalcanzable que ya tiene su destino marcado, debe sentar cabeza y va camino a eso. En su travesía conoce a la mujer que o hará sentir el verdadero amor, que lo dejará ser él mismo y expresar sus sentimientos sin especulaciones. Ella, la damisela segura de sí misma, que va al encuentro de quien la proveerá de todo lo que necesita una mujer, y se cruza con el irresistible hombre. Existe una mirada católica desde la pulcritud del vestuario, no mostrar demostraciones de afecto y el momento mágico de conexión que ocurre en una capilla francesa bajo la mirada de Dios.

“Sintonía de amor” cuenta la historia de un padre viudo, con un hijo pequeño, que se convierte en codiciado por las mujeres por su historia, no por él. La figura femenina realizará todo lo que una “buena mujer” debe hacer: se casará con un hombre de bien, tratando de convencerse que el amor no es lo único que importa sino mantener las buenas costumbres y las creencias familiares. Encontraremos la “mano de DIOS” en la continua intención de imponer lo mágico, como una intervención divina, en la conexión que unirá a nuestros personajes.

En ambas películas la distancia y el tiempo juegan como factor determinante para la unión de los personajes principales, como si dependiera de estos elementos intangibles y no de las elecciones o acciones de los involucrados. Los personajes secundarios aportarán lo justo y necesario para incrementar la imposibilidad de su amor, terminando como colaboradores para allanar el camino. Lo sentimental recae sobre la mujer, es patrimonio de ella, es quien lleva las riendas de lo romántico e intentará no lastimar a su amado y, además, se sacrificará por ello.


“Diálogo entre películas”
Críticas “Algo para recordar” y “Sintonía de amor” por Vanina Suárez

¿Pueden dos películas distanciadas por 36 años dialogar entre ellas? ¿Un espectador que no vio Algo para recordar puede comprender la verdadera esencia de Sintonía de amor?

Algo para recordar ( 1957), dirigida por Leo Mc Carey, protagonizada por Deborah Kerr y Cary Grant, y basada en una obra de teatro (Love Affair), es una película en la que el melodrama está presente continuamente, una historia de amor que tiene lugar en un trasatlántico, atravesada por impedimentos y obstáculos. Filmada casi íntegramente en interiores, en los grandes estudios de Hollywood, con una elección de colores en su paleta que acompaña los diversos estados anímicos y, utilizado, además, como un recurso narrativo, al igual que la música, la cual está presente en gran parte de la película. En cambio, Sintonía de amor (1993) con la dupla Tom Hanks y Meg Ryan (quienes cinco años después repiten el éxito en Tienes un e-mail) narra cómo un viudo, que no logra superar la muerte de su esposa, es ayudado por su hijo (Ross Mallinger) quien preocupado por esa situación recurrirá a un programa radial, para que su padre vuelva a ser feliz. Ese programa será escuchado por una periodista la cual se conmoverá y empatizará con la historia.

Ambas tramas dialogan cuando algunos personajes femeninos de la segunda se reconocen fanáticos de la primera, valorándola como un clásico de los dramas románticos que marcaron la historia del cine; para ello, desde Sintonía de amor utilizan el recurso de repetir líneas de diálogos de Algo para recordar en situaciones claves o con tintes humorísticos. Así mismo, el Empire State Building, lugar donde ambas películas plantean momentos críticos para su desarrollo, se torna en un emblema para ellas; jugando hasta último momento con las posibilidades e imposibilidades, los encuentros y los desencuentros entre los protagonistas, generando algo de tensión a la espera del desenlace, sobre todo en la protagonizada por Hanks y Ryan.

Pero… ¿un espectador que no conozca la versión homenajeada de Algo para recordar puede entender esos guiños que intentaron plasmar en la versión de los años 90? La respuesta está en que, además de ser estrenada en una década donde el género comedia romántica explotó y se mantuvo, fue un éxito asegurado en taquilla, tuvo reconocimiento del público y perdurabilidad entre las más reconocidas del género. Si bien es cierto que cuando el espectador conoce la versión de la década del ´50 puede disfrutar de una manera más plena todos esos guiños que la homenajean, de igual modo puede, deleitarse, sufrir y estar expectante de una serie de vaivenes y juegos que propone la trama estrenada en los ´90; así como dudar, completar o esperar que ambas tengas tramas similares o no.

En definitiva, Algo para recordar y Sintonía de amor, son dos películas que claramente dialogan entre ellas pero no es condición sinequanon ver una u otra para comprender los planteos que sus guionistas o directores quisieron mostrarnos en sus respectivas películas.



 

“Los Inconformistas y el Amor al Cine”
Críticas “Algo para recordar” y “Sintonía de amor” por Alejandro Rearte




En la actualidad del mundo cinematográfico podemos ver una situación casi romántica de traer del pasado algunas historias como; adaptaciones, remakes, precuelas, secuelas y hasta ciertos planos o secuencias honoríficas a películas canónicas. Algo para recordar (1957) y Sintonía de Amor (1990) son dos películas conectadas por una de las emociones más humanas, el amor y la cohesión lingüística entre ellas.

Todas las personas sabemos que a través del tiempo nuestra visión del mundo cambia y el cine es un elemento con el que podemos viajar al pasado, a otras ciudades u otros universos. Pero ¿qué pasaría si una película de 50 años atrás, contiene un vínculo emocional al que te sentís identificado? Ésta no es ninguna trama de los dos films, pero Sintonía de Amor de Nora Ephron vincula sentimentalmente a su personaje Annie Reed con el discurso del amor de Algo para Recordar de Leo McCarey. “En esos tiempos la gente sabía cómo enamorarse” dice Annie mientras hace dos cosas; escribe una carta de amor a un hombre que aún no conoce y ve la escena en que Terry McKay le responde a su amante no estar enamorada de su futuro esposo en ese momento. Si bien son dos mujeres que marcan intereses y contextos de dos épocas distintas, comparten inconformismo ante el amor; ambas personajes se encuentran atrapadas en una formación de vida que no es netamente elegida por ellas mismas y la posible elección de ese futuro les parece incierto y dudoso. Las películas nos muestran un hambre en Annie y Terry (cabe aclarar que a los personajes masculinos les sucede lo mismo) por el arriesgue y aventura, a partir de haber visto la sombra del confort amoroso en el que viven, generando esto el disconformismo como motor de salida. Ese es el punto entre ambos films, el recuerdo o el desvelo disfrazan con buen gusto el estado de los personajes con sus situaciones amorosas y frente a eso la oportunidad de tomar otro camino. Una compleja representación de la alegoría de la caverna de platón.

Si bien narrativamente son muy distintas, el acto melodramático implica compartir los mismos elementos de acción que permiten a la trama ir hacia adelante, para que sucedan las “coincidencias” o “señales” de cada una. Tanto así que asimilan, por amor al cine, componentes escenográficos que simbolizan el vínculo entre ambas y el tratamiento diegético de cada historia. Pero no todo son similitudes, hay diferencias de épocas tanto técnicas, como las herramientas de filmación y la tecnología dentro del film, y discursivas, algunas escenas íntimas en donde se besan, el humor que se estilaba en esos años y la “magia” con la que cada personaje veían en amor.

Nora Ephron no solo contó la historia de amor entre dos personas sino que también demostró su amor al cine clásico, de tal forma que no se basó en recontar estructuralmente una historia, como si lo hace la mayoría de las producciones industriales que nos acostumbran año tras año, sino que se colocó en una posición romántica de las relaciones humanas con las películas. Esto es muy complejo, pero concebir, sentir o connotar personalmente el arte siempre suele ser subjetivo, por ende, es normal llegar a una emoción empatizando cierto momento de tu vida con algún film y decir “¡Cómo en tal película!”. La directora nos replantea de esta forma los conceptos de amor, distancia, prosperidad, soledad, comunicación, inconformidad, entre otros, en una actualidad en la que aún conserva algunos patrones conservadores de décadas anteriores.


 

“Cuando Nora conoció a Leo”
Críticas “Algo para recordar” y “Sintonía de amor” por Marcelo Cafferata


Hay películas que, indudablemente, son erosionadas por el paso del tiempo: una exitosa comedia romántica de principios de los ’90 escrita y dirigida por Nora Ephron como fue “Sintonía de Amor”, una suerte de homenaje al inolvidable clásico de “Algo para recordar” (1957), hoy suena más a una torpe copia de una idea interesante, que a un intento de diálogo fluido entre ambas.

Con “El difícil arte de amar” y “Cuando Harry conoció a Sally”, Ephron se convirtió en artífice principal que la comedia romántica resucitase a fines de los ’80, con una mirada diferente sobre los vínculos de pareja y las relaciones amorosas, pero naufraga en este intento de reinterpretar el clásico de Leo Mc Carey, con un producto forzado y poco creíble para el momento de su estreno.

Apostando al magnetismo de dos estrellas del momento como Tom Hanks y Meg Ryan, el lazo con el clásico que propone Ephron es obvio y subrayado: Hanks habla con su amigo (Bob Reiner) en un bar acerca de cómo vincularse con las mujeres, tomando como ejemplo a Cary Grant para construir la figura del soltero codiciado mientras que por otro lado Meg y su amiga (Rosie O’Donnell) se saben los diálogos de la película de memoria, la miran una y otra vez, mostrándonos las escenas que justamente Ephron incluirá más tarde en su propia receta. La película vuelve a nombrarse en una cena de amigos y ya cuando el propio hijo de Hanks y su amiga, también la miran por televisión, el pretendido guiño al espectador no es más que un conjunto de excusas muy poco novedosas.

Lo que se nos propone como un homenaje y un nexo entre ambas películas, no es más que “refritar” elementos icónicos del original que apuntalar a esta nueva historia que, sin ellos, se derrumbaría al instante: que dos personas no pudiesen comunicarse a fines de los ’50 suena creíble, situación que parece no funcionar en los forzados desencuentros de Tom & Meg, así como sabemos que el Empire State era un punto de encuentro razonable cuando Cary Grant y Deborah Kerr programan su cita de amor mirándolo desde el crucero donde se conocieron, contra una inclusión en la nueva “versión”, completamente azarosa y sin sentido.

Mientras que “Algo para recordar” se apoyaba en los elementos típicos del melodrama (posiciones económicas diferentes, obstáculos que los protagonistas deberán sortear para poder vivir su historia de amor) para construir su historia en base a estereotipos, Mc Carey plantea claros avances para su época: protagonistas que inician una relación a pesar de que ambos están comprometidos y una imagen protagónica femenina fuerte y decidida.

En ese sentido en “Sintonía de Amor” los atrasan más de veinte años, por su idiosincrasia, por lo que dicen en sus diálogos, por ese estilo pretendidamente naïf que no le sienta bien a la historia y con un protagonista masculino que parece tironeado por las decisiones de su hijo y del mundo exterior, sin capacidad de poder decidir por sí mismo. Esta vez Nora, parece no haber encontrado el camino correcto.



 

“Corte y confección”.
Crítica de “El joven manos de tijera”
Por Román Graciano.



Tim Burton nos trae este cuento de un Frankenstein moderno que a través de su particularidad nos mostrara que la bondad, la inocencia y la miseria humana no están supeditadas a la estética y al sentido común colectivo. Un film casi autobiográfico en tono de fábula y con reminiscencias a clásicos infantiles como La bella y la bestia o Pinocho, en la que un joven “distinto” intenta insertarse en la sociedad tradicional.

La historia se presenta como el choque de dos mundos bien disimiles y antagónicos que comparten lugar geográfico. Por un lado los habitantes de una comunidad aparentemente modelo y cuasi perfecta según los canones sociales de belleza y estética. Por el otro un castillo tenebroso en la cima de una colina olvidada en la que vive un joven en solitario y con una apariencia sombría, llamado Edward.

Burton despliega su discurso crítico sobre la hipocresía y la maldad de las personas, invirtiendo la estética visual de lo conocido como lo bueno y lo malo. Plantea un vecindario de colores pasteles, familias modelos y hasta una rutina sincronizada de sus habitantes como si fueran parte de una aceitada maquinaria industrial. Frente a Edward, héroe poco convencional con mirada triste e inocente, con traje de colores opacos, rostro pálido y una bondad infinita que expresa a través de sus delicados movimientos de sus manos filosas para el beneficio de quienes dicen aceptarlo.

El joven manos de tijera pone de manifiesto la verdad sobre aquello que no todo lo que reluce es oro y que lo esencial no siempre es invisible a los ojos, sino que a veces está condicionado por la ceguera egocentrista de las personas que solo aceptan al otro para conseguir algún redito. Y aquel que no entra en los limitados parámetros de la mirada ajena es una amenaza, aunque en realidad es la representación de los miedos e inseguridades que las personas prefieren no confrontar eligiendo comportarse como el rebaño.



 

FANTASIA CON MORALEJA TRISTE
Sobre El joven manos de tijera
Por Graciela Rodríguez Romano

Luego de incursionar en Disney con un corto de animación donde un niño de siete años intenta ser como su ídolo el actor norteamericano Vincent Price. Tim Burton acaba de estrenar su segundo largometraje “El Hombre manos de tijera”, Edward, es la creación de un inventor interpretado por Price. En el inicio de la última década del siglo XX,(1990) Burton recrea de alguna manera una historia escrita por Mary Shilley en 1818, Frankenstein, para justificar el origen del protagonista de la historia. Plantea la trama en dos lugares próximos: Un castillo gótico que corona la cima de una montaña muy cercana a un vecindario de casas bajas, que resultan casi una maqueta. Los colores predominantes de las construcciones como el del vestuario de los personajes, especialmente los femeninos, son vivaces, intensos, hasta artificiales. En ese barrio viven los Boggs, una familia tipo. Peg y Bill se empeñan en darle a sus hijos una buena crianza basada en la moral y los buenos sentimientos. Sin embargo, parece que con malos resultados pues, la hija adolescente, Kim, personificada por Winona Ryder con su apariencia angelical, es la malvada, que no duda en salvar su propio pellejo a costa de los sinsabores de Edward. Edward, con una estética dark, es tan asustadizo como confiado pone todo el empeño para insertarse en una sociedad que se alimenta de chismes y rutinas. Nuestro héroe hace un recorrido tan sinuoso como el que lo separa de los mortales. El amor no correspondido, los celos, el egoísmo y los prejuicios como el diablo meten la cola. Los sueños se desvanecen y algunos pierden. Hay buenos, malos, cobardes, mentirosos: simplemente humanos. Esta película se trata de la injusticia. Porque no hay nada peor que tener que regresar a los lugares del pasado, cuando ya se ha descubierto que hay otro mundo. Johnny Deep personifica a” un distinto” que es condenado a seguir creando pero en soledad. La película entretiene pero deja un sabor un poco amargo porque otra vez el que a los ojos de la sociedad es rotulado como diferente es expulsado.



 

Crítica El Joven Manos de Tijera
Por Marcelo Cafferata

A través de sus personales marcas de autor, Tim Burton bucea sobre la rareza del freak y la demonización del diferente en “EL JOVEN MANOS DE TIJERA”, actualizando la idea del mito de Frankenstein con la historia de un inventor que, dada su muerte repentina, no puede terminar su criatura (Edward, nuestro protagonista) por lo que sus manos quedan reemplazadas por un ramillete de tijeras que sólo se habían puesto provisoriamente.

Burton despoja a Edward de su espacio de pertenencia –el altillo de un castillo gótico y sombrío- para (re)insertarlo en un pueblo de casas impecables, colores pasteles y un aire de perfección sobre el que la misma puesta ironiza, subrayando a través de las maquetas, su falsedad y lo que se oculta en las trastiendas. Edward resume perfectamente en su figura a todo lo extraño, lo ajeno, la sensación de no pertenencia y nos interpela con las reacciones frente a lo diferente.

Los personajes de esa pequeña comunidad, producto de su doble moral, disfrutarán en un primer momento de lo exótico, de la novedad –que inclusive despierta en algunos personajes ese alto voltaje erótico por lo bizarro y lo extravagante- para luego condenar la diferencia y rechazar la diversidad, disfrazándola de peligro, de inseguridad y convirtiendo al pueblo en el propio Infierno.

Con una puesta que mezcla elementos del gótico, del kitsch (hasta con toques de punk en la vestimenta de Edward) y el pop de fines de los ’50 y principios de los ’60, Burton construye una fábula que desnuda el rechazo y la hipocresía de una sociedad que humilla y avergüenza a quienes no se adaptan a los cánones impuestos, denunciando esa imposibilidad manifiesta de aceptar lo que se aleje de ellos.



 

Crítica El Joven Manos de Tijera
Por Alejandro Rearte

Cada cuadro, cada paisaje, cada personaje y cada color elegido en sus películas, nos hace saber que Tim Burton tiene una habilidad plástica y artística que nos introduce de lleno en su mundo fantástico. Pero esto, es solo una superficie, detrás de ello nos ingresamos a un submundo de emociones e inocencias propias de un niño descubriéndolo. Creo que el joven manostijeras muestra el choque de dos mundos bajo el perfil de un personaje que no cumple los códigos del otro mundo social.

Contado de una forma muy personal y clásica; por un lado “clásica” por los estilos narrativos y visuales que contiene la película, casi honorífico a la vanguardia del expresionismo alemán, como en el diseño de vestuario, el uso de la luz y las sombras y por sobre todo Edward Scissorhands, casi calcado al personaje sonámbulo de El Gabinete del Doctor Caligari (Robert Wiene, 1920). También hace referencia a la literatura, como Frankenstein, La Bella y La Bestia, Drácula, etc, esas historias de amor casi inalcanzables y a la vez rechazables por el contexto diegético. Algo tradicionalista que sucede en películas de estos grandes directores, es la repetición de algunos integrantes a la hora de trabajar; Johnny Deep, Wynona Ryder, Danny Elfman y Stan Winston, no sólo son impecables, sino que también pueden ser símbolos de lo que fue la década de los noventa para Tim Burton.

Por otro lado, lo muy personal refiero a que no es menor que Edward y Tim tengan características físicas similares, el director introdujo en esta historia parte de su niño interior. En un principio, el joven Manostijeras está rodeado de soledad, pero también de un ambiente pequeñamente infantil con un jardín lleno de mascotas recortadas por él, sin dejar de lado que las máquinas de galletas tienen rostros personales. Indudablemente el personaje refleja la inocencia de un niño, cada intervención con el mundo de Peg es un descubrimiento tan asombroso como cuando pruebas un rico postre helado por primera vez; Fresco y dulce, pero si te pasas, te empachas. Edward no se empacho, pero cada interacción social con las y los personajes de este mundo hacen que abusen de él cuando inocentemente dice, sí. Pero no todo es malo, como todo niño crece y descubre, el amor, la amistad y la muerte.

Burton comparte en casi toda su filmografía la representación infantil de las problemáticas humanas, no es casualidad, pero Burton y Scissorhands comparten mucho en común, tanto que ambos dibujan fantasía. Quizás, esto también es parte de un autodescubrimiento en un mundo tan colorido pero exigente, en el que si no te pareces a ellos, serás rechazado. Es así como sucede este choque de mundos, el universo de un niño y la realidad civilizada a afrontar.



 

Crítica El Joven Manos de Tijera
Por Florencia Rolón.

En los 90 se estrenó lo que conocemos por su traducción al español como “El joven Manos de Tijera” una película de Tim Burton que retrato en pantalla grande la historia de Edward Scissorhands, un joven al que la vida le cambio cambió por completo cuando Peg, una revendedora de Avon, lo invita a pasar tiempo junto a su familia en una pequeña comunidad suburbana norteamericana entre los ’50 y ’60, y en donde la producción y circulación del conocimiento acerca de los “otros” y la práctica del chisme afecta la vida cotidiana de los sujetos pero particularmente la de Edward.

Tim Burton volvió a elegir a Johnny Deep y como coestrella a Winona Ryder, luego del gran éxito de Bettlejuice, en una elección que resulta muy atractiva para la trama. Con actores reconocidos y una filmografía llena de éxitos Burton da una clara representación de cómo se da la rápida circulación del rumor sobre el otro (el nuevo) a raíz de los pocos que son los vecinos y las vecinas en una comunidad. Sin importar si es cierto o no, el rumor surge a raíz de conversaciones y en los contactos “cara a cara” que se producen en diversos contextos de interacción de la vida en el pueblo.

Precisamente Bo Welch, el diseñador del film, busco a través de la estética retratar un barrio residencial con casas en donde predominan los colores pastel, personajes con peinados locos, y autos extravagantes que parecen salir de una sitcom, pero no son más que unos hipócritas cuando ante el mínimo rumor demuestran sus verdaderas intenciones y la creciente tendencia de estas personas a engañar, chismear y decepcionar aprovechándose de todo aquel que sea nuevo o no pertenezca al lugar.

A través de esta película, y mediante este relato, Burton, con ayuda de Welch, hacen una criítica de las zonas residenciales de los Estados Unidos y del tipo de sociedad americana egoísta y narcisista, que deja fuera, y destroza, a todo aquel que no se integra, o aliena usando de herramienta la rápida circulación del chisme para generarle al otro toda clase de humillaciones, cancelaciones y linchamientos.



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